El año pasado, viví una de las mejores experiencias de mi vida: pasé un mes en un Campamento de Verano en Florida compaginando inglés y deporte.

Antes de ir, estaba realmente nerviosa. No sabía qué podría encontrarme ahí, cómo iba a ser mi experiencia, si iba a estar incómoda o agobiada… Estas son las dudas que tiene una persona cualquiera cuando va a vivir una experiencia de este tipo por primera vez sin su familia y, especialmente, cuando tienes 15 años.

Una vez en el aeropuerto, sufrí una oleada de emociones: quería volver a casa para no arriesgarme a pasarlo mal, pero quería irme para vivir una experiencia nueva e increíble, quería hablar inmediatamente con todo el mundo para conocerles, pero me daba vergüenza, quería despedirme de mi familia con todo el tiempo del mundo, pero sin exagerar y sentía que estaba realmente perdida y segura al mismo tiempo.

En el avión, como si les conociera de toda la vida, hablé con mis nuevos amigos y amigas de todo lo que se nos ocurría: desde anécdotas de verano hasta las notas de hace tres cursos. Aquí todos nos sentimos mucho más tranquilos. Además un vuelo de esta duración nos unió mucho.

Una vez aterrizamos y llegamos al Club, donde nos esperaban nuestras familias de acogida, volví a sentirme nerviosa: iba a conocer a los desconocidos con los que iba a convivir durante un mes. Al bajarme del coche, vi allí todas las familias. Aquellas caras sonrientes y emocionadas hicieron que todos mis nervios se disiparan de golpe. Cuando dijeron mi nombre, una madre y una niña vinieron hacia mí. Estaban muy entusiasmadas y me hicieron sentir como en casa.

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Tras deshacer todo el equipaje, charlar con mi familia un rato y prepararme para dormir, me metí en la cama para descansar. Nada más tumbarme, pensé ¿qué hago en otro país durmiendo en la casa de unos desconocidos, con mi familia al otro lado de un océano, hablando otro idioma durante todo un mes?. Mi respuesta: vivir una gran locura. Una locura genial, divertidísima e increíble que no había hecho más que comenzar.

Todos nos acostumbramos a la rutina: horas de tenis, clases de inglés, piscina, comer, otra vez piscina, antes de volver junto con nuestras familias. Nos convertimos en auténticos americanos. Y, como la mayor parte de los americanos, celebramos el 4 de julio por todo lo alto.

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Durante esta fiesta estuve con mi familia y sus amigos. Todos ellos parecían encantados conmigo. Me preguntaban cómo había sido mi experiencia hasta el momento, cómo era mi país… Incluso jugamos un partido de soccer, ya que querían que me sintiera como en casa.

Un par de días después, y ya de vuelta a la normalidad, fuimos a ver un partido de béisbol todos juntos. Fue una experiencia muy divertida y original, ya que ninguno habíamos ido a un partido de béisbol. Tras acabar el partido, lanzaron unos fuegos artificiales de cientos de colores por todo el cielo durante once minutos, ¡qué pasada!

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Y estando en Florida, como no, fuimos a la playa: agua cristalina, arena suave y amigos con los que estar todo un día. ¿Qué más se puede pedir? Durante todo el día, nos lo pasamos como niños: ‘sesioneo’, gamberradas en el agua, juegos con la pelota, carreras, tomar el sol, comer helados… Antes de volver fuimos a la casa de la familia de Agus, el peque del grupo: jacuzzi, cascadas en la piscina, bebidas fresquitas… Una experiencia que nos encantó a todos.

Después, volvimos a la rutina de ‘siempre’ hasta el domingo: último día de Hugo, uno de nuestros monitores. Tras unas hamburguesas demasiado ricas en el famoso CheeseCake Factory, llantos y un sinfín de abrazos en un parking, nos metemos todos en nuestro coche correspondiente para volver a casa. Hugo dejó una huella en nuestro corazón.

Durante los días después, la rutina vuelve: entrenamientos, clases de inglés, actividades con la familia, guerras de agua en la piscina, risas, carritos de golf… En mi caso, en la lista puedo incluir viajes en barco. Mi familia tenía un barco, así que me invitaron para ir con ellos a dar una vuelta. Fue increíble. Fuimos mar adentro, hasta que toda la costa parecía un punto muy pequeño. Salimos un par de veces. La segunda vez que navegamos vimos unos delfines, que jugaban con las olas que hacían los barcos.

La rutina nos ocupaba la mayor parte de los días aunque, obviamente, no siempre hicimos lo mismo.

Visitamos University of South Florida y University of Tampa, dos universidades que impresionan para muy bien, con instalaciones increíbles, dignas de una película. El sueño de cualquier estudiante, o no estudiante, sería pasar ahí una larga temporada. Todas las residencias, edificios, laboratorios, clases, gimnasios y campos de deportes parecían una ciudad.

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También intentamos ir al parque de atracciones Busch Gardens, pero ese día llovió. El parque paraba las atracciones cada poco tiempo por seguridad, ya que había riesgo de que cayeran rayos. Decidimos aplazar esta actividad a otro día para poder pasárnoslo mejor. Y así fue, el día que volvimos a Busch Gardens para intentar entrar hacía un sol espléndido. Este sitio fue mi destino preferido. Para entrar, tienes que coger un ‘tren’ del propio parque. Si te gustan tanto como a mí las atracciones, tendrás adrenalina pura en tus venas. La sensación de caer desde una altura que da vértigo, hacer loopings por un tubo y girar y girar es algo que no falta en este parque. Aunque no te gusten las atracciones, este parque te puede encantar porque, además de ser un parque de atracciones enorme, es un zoo y un destino para perderse por sus recintos y rutas. Incluso las esperas en las filas fueron divertidas, ya que estábamos todo el rato charlando, riéndonos, haciendo bromas… Una de las mejores experiencias de mi vida fue visitar este parque.

Desafortunadamente, tuvimos que despedirnos también de Víctor durante la tercera semana. Otro pedacito de nosotros se fue con él a España. Como no todos le podíamos esperar, algunos fuimos a un centro comercial, donde nos probamos prendas y prendas hasta que los demás llegaron.

Para que todos pudiéramos ir de compras, fuimos a unos outlets que, afortunadamente, tenían tiendas de moda con precios más bajos de lo normal. Todos nos lo pasamos genial y compramos ropa para nosotros y regalos para nuestras familias y nuestros amigos. Los maleteros de los coches se llenaron con todas nuestras bolsas.

Y al igual que sucedió con Hugo y Víctor, el último día tuvo que llegar, y llegó para todo el grupo.  Mi familia y yo nos despedimos en nuestra casa. Nos regalamos un par de cosas para no olvidar jamás la experiencia. Cuando nos reunimos en el club de tenis, todos estábamos con la lagrimilla casi cayendo. Entre abrazos, besos, compartir teléfonos y más abrazos, nos metimos en los coches camino hacia el aeropuerto. Al llegar a la puerta de embarque, nos tuvimos que despedir de Pedro, nuestro monitor. Nos despedimos de él entre abrazos y lágrimas, ya que no volvía con nosotros España, se quedaba allí para continuar su experiencia Universitaria.

Durante la vuelta se notaba la recaída del ánimo. Aún así, todos seguíamos juntos, porque todos éramos el apoyo de todos. Pasando los controles, volvimos a reírnos, hacer bromas y a contarnos más y más anécdotas. También, al intentar coger las maletas de la cinta, repito intentar, nos seguíamos partiendo de la risa. Cuando todos habíamos cogido las maletas, salimos por la puerta blanca, para reencontrarnos con nuestra familia. Salí corriendo para darle un abrazo a mi madre, que me había ido a recoger. Después, entre promesas, abrazos y muchos más abrazos me fui con mi madre hacia el coche. Estaba muy contenta por haber vuelto a mi casa, pero también estaba triste. Triste porque dejaba atrás una de las mejores experiencias de mi vida, una familia estadounidense genial, una nueva familia española aún mejor y uno de los mejores meses de mi vida. Ya que, entre Copacabana, viajes en coche, partidos, ‘Stop’ en clase de inglés, Avicii, juegos en la playa y Belvita, este mes ha pasado demasiado rápido.

Así que, ¿por qué pasar un verano en Estados Unidos? Porque es algo que no olvidarás jamás.

Por Sofía Tobaruela Alonso – 16 años.

2019-04-10T14:32:20+00:00